miércoles, 28 de agosto de 2013

Rutina, sin más.

Hizo lo posible por distraerse, por no tener que enfrentarse al folio, pero cuando las palabras presionan, justo ahí, entre estómago y garganta, mejor soltarlas a tiempo.

Y por primera vez en mucho, quizás demasiado tiempo, no escribía por nadie que no fuera ella.

No, no sonriáis aliviados; si es difícil escribir cuando alguien te pesa, imaginaos cuando ese alguien sois vosotros mismos. Qué lastre no tener nadie a quien echar la culpa de tu mal humor, de tu enfado del día y de falta de apetito.

Rutina, sin más.

Te levantas pensando que ojalá pronto sea de noche para volver a dormirte y las agujas del reloj se te clavan entre las uñas, recordándote que el paso del tiempo también duele.

Y quizás algún día sales y ríes porque toca y no porque te salga, costando cada vez más que alguien o algo capten tu atención como aquella persona que alguna vez lo hizo en demasía.


Listones y expectativas demasiado altas.

lunes, 24 de junio de 2013

De trenzas y labios rojos.

Trenzaba su cabello pausadamente ante aquel espejo, el cual les había visto quererse en más de una ocasión.

Ahora, simplemente se limitaba a reflejar la tristeza de su rostro y una pequeña sonrisa forzada, sinónimo de un ‘no puedo permitirme llorar’.


Lápiz de labios en mano, enmarcó su boca en rojo fuego, recordando que una vez le dijeron que llevar trenza y labios rojos a la vez era estar el doble de triste.
Y lo estaba, era un hecho. Lo retorcido es que ya no sabía por qué o por quién. Un caos.


Aún en ropa interior, miró a través del espejo, pasando sus grandes ojos almendrados en el colchón, ese donde había despertado alguna que otra madrugada sólo para asegurarse de que él seguía allí.
Y es que había vuelto a su vida tantas veces que ya parecía que jamás se hubiese ido. Juntos, eran lo más parecido a la definición de amor. Separados, dejaban de ser, encontrando el sinsentido a sentir.


Dolía, por llamarlo de alguna manera, puesto que había tanto vacío que ya dudaba de que hubiera palabra posible para definir aquel estado de sin estar.

Recordaba con tanta exactitud su forma de desvestirle, su beso al salir de la ducha o sus manos aferradas mientras encontraban la paz (y mucha guerra) entre las piernas del otro que se torturaba a sí misma, pensando si realmente aquello había ocurrido.


No sabía nada de él y tampoco tenía claro si quería hacerlo.
Huyó, como quien huye de algo irrefrenable, dejando una nota, muchas lágrimas y un puzzle de quinientas piezas que una vez latió a su mismo compás.
Huyó de ella, de sentir, de la idea de querer tanto a alguien de llegar al extremo de que doliese.


Decenas de clavos usó en vano, intento de sacar aquella estaca.
Misma cama, mismo lápiz de labios, pero ella no era la misma. De hecho, ni era.


Volvió en sí, retirándose del tocador, poniéndose un vestido azul marino, el cual él le había regalado en cierta ocasión.
Echó un último vistazo al espejo.
“Mírame, con tu vestido y esperando querer que alguien que no seas tú me lo arranque”.


jueves, 13 de junio de 2013

Tira, pero no aflojes nunca.

Eterno tira y afloja.

Me obligas a  torturar al folio una vez más.



Y es que me gustaba más cuando tirabas mi ropa interior al suelo de aquella

habitación desordenada y que aflojáramos los muelles de lo que aún

quedaba de colchón.



Y en ese vaivén podría vivir para siempre.

Tumbada contigo. O encima de ti.

Escribiéndonos te quieros entre lunar y lunar de la espalda.

Gimiendo sentimientos por si se pudieran palpar.



Pero si escribo esto es porque, quizás, 

tiramos todo esto al primer contenedor,

negándonos a reciclar y aflojando hasta hacer etéreo lo que parecía

inquebrantable.

martes, 28 de mayo de 2013

Enhorabuena.

Lo conseguiste. Lo de abrirme y no sólo de piernas.

Lo hiciste lento, como cuando describías tus manos por mis muslos, desnudándome y no únicamente quitándome la ropa.

Mordiscos, besos, gemidos.
Todo por sentirme completa, por sentirte conmigo.

Lo crudo es que tantos besos y el roce de tu lengua en el centro de mis ingles me vaciaban sentimentalmente, llenándome de ese dolor placentero que hasta enganchaba.

Furiosa, triste, celosa, dolida.
Podría acrecentar todo eso, pero mi corazón se mueve y bombea al ritmo de ‘no puedo más’.

Creí que entregarme ‘a pesar de’ funcionaría, pero ahora sólo cuesta más pegar los pedazos de lo que queda de mí, de lo que hemos dejado.

Y es que me hiciste el amor a lo bestia: arañándome los huesos, magullándome el querer, destrozándome el alma.

Puedo asegurarte que eres el dolor más bonito que se puede sentir. Shh, déjalo, no intentes reconstruirme para luego irte otra vez.
Ojalá hacerte mío me recompusiera, pero.

No creí que se pudiera querer y odiar tanto a alguien a la vez. Enhorabuena. 

martes, 21 de mayo de 2013

De todo y nada.



De esas historias que empiezan sin querer, pero en las que se acaba queriendo.
En las que cada palabra, cada imagen, cada detalle, por mínimo que sea, termina por contar.
De noches en vela y días de no separarse. De bailar contigo o encima de ti. De odiarnos enfadados, de querernos a más no querer, a más no poder. De tu voz al otro lado del teléfono, de 'te echo de menos' entre gemidos que ahora son solo ecos en mi enfermiza mente.

Todos los planes al cajón de 'no me duelas más'. Ni el besarnos, ni el abrazarnos, ni siquiera la simpleza de tocarte el pelo hasta que te quedaras dormido, como tantas veces me habías dicho que podría hacer, contigo, en tu cama, desayunando cada parte de ti que me apeteciese.

Y la culpa recorre los kilómetros que hay entre tu cama y la mía. Qué desastre. Qué perfecto y bonito desastre pudimos llegar a ser.
¿Quién sabe? Ojalá el tiempo dé tantas vueltas como para volver a marearme contigo de la mano.

Quizás escribirte sea fomentar el dolor, el amor, el querer verte; pero no me importa. Creo que eres una de las historias más bonitas que he podido vivir y mereces ser escrito. Tan intenso, tan visceral, tan subnormal por quererme y por dejarme ir. Ay, pequeño, ¿qué nos estamos haciendo? Ni siquiera sé si quiero que respondas o guardarte en un rincón de mi mente y dejar que todo pase.

Eres esa historia de las de hacer todo y nada; de las de correr por ti y correrme contigo.

viernes, 19 de abril de 2013

Alzheimer.

Hola, hola, hola :_____.
Vale, a ver, me explico: llevo mucho sin pasarme por aquí y 'El peso del silencio' me tiene estancada. O sea, no sé qué hago con mi vida, como para saber la de los personajes e____e'. Así que he escrito relato y me apeteció subirlo. Es un poco "raro", pero espero opiniones y críticas (constructivas a poder ser).

Gracias por leer y comentar. SOIS UNOS AMORES. Espero continuar con el próximo capítulo de 'El peso del silencio' pronto. 




Alzheimer

‘Tendríais que conocerle’ –repitió, aunque no por ello dejaba de ser menos cierto. Se sentó en aquella vieja butaca que estaba empeñada en no tirar y continuó hablando a medida que trenzaba su cabello, ahora un poco más corto que un par de años atrás.
Lo recordaba tan real y a la vez las imágenes perdían tal nitidez en su mente según narraba, que dudaba de sí misma. Pero esa duda era tan solo un ápice en comparación con todo lo que podía describir acerca de él, de todo aquello.
‘Ocurrió como sucede todo lo bueno que nos pasa en la vida, por casualidad’ –comenzó a narrar, captando la atención bien merecida de quienes tenía alrededor.

Creo que le faltarían palabras para describirle y sobra decir que no se refería únicamente al físico. Eso era un poco menos complicado; incluso fácil para quien se hubiera fijado en él tan solo de pasada. Pero claro, aquel no era el caso. Y es que tan solo de sus ojos tenía la firme certeza que podría ocupar páginas enteras, de cómo conseguían atravesarle más allá de la piel cada vez que, marrones y desconfiados, le miraban. Quien dice sus ojos, dice de su boca, de labios gruesos, la cual ya se sabía a la perfección y que en más de una ocasión le había hecho temblar sin tan siquiera besarle; de sus manos, jóvenes y puede que en algún que otro momento poco precavidas, pero también su refugio. Podría decirse que aquellos eran sus puntos físicos a destacar, aunque también estaba segura de que nadie más que ella le podría ver de semejante manera. Sin embargo, también era perfectamente consciente de que resultaba extremadamente atractivo con una facilidad que incluso en más de una ocasión le había resultado irritante. No, no penséis mal, no eran celos, sino el sentirse débil ante aquello, como si no pudiera evitar caer como otras tantas lo habían hecho antes, como una más.
Era especial. Ella lo sabía, lo notaba hasta en el apenas audible sonido que hacía el palpitar de su corazón; fuerte, en caso de que ella estuviese apoyada en su pecho. Y muchas más se habían dado cuenta. Muchas. De hecho, parecía que el único en no darse cuenta de los efectos que causaba en las personas en general era él porque, haciendo énfasis en palabras anteriores, su físico era lo más sencillo de describir, siendo con todo y con eso difícil.
Lo que terminaba de hacerle digno de tal magnetismo era su forma de ser. Y podría centrarse en decir lo típico: alguien simpático, afable, honesto y demás adjetivos vacíos si se abusaban de ellos. No, era más que eso, era lo que lograba entrando en la vida de las personas. Conseguía que todo cambiase, que la persona quisiera hacerle un hueco en su cama y, en este caso, en su vida.

Recuerda a la perfección la primera vez que se vieron, aunque no fue la misma en la que se conocieron oficialmente. Fue de pasada, como quien camina distraído y de pronto descubre algo sumamente interesante entre tanta monotonía, justo así. Pero no ocurrió nada más, separándose, llegando a pensar que sería otro típico ‘amor de un día’, de esos que ves en el transporte público, en el supermercado o simplemente en la calle, como en esta última ocasión y ambos notáis que algo surge. 
Semanas más tarde, cuando aún se tenían en mente pero dudaban que fuera a existir un próximo encuentro, un amigo en común los presentó, puesto que coincidieron en el mismo bar un viernes por la noche. Casualidad o destino, allí estaban.
Por supuesto, todos o al menos la mayoría, sabréis lo bonito de empezar a conocer a alguien: ilusión, expectativas, miedo y la esperanza de que, si te gusta, todo salga bien.
Y no fue bien, fue mejor. Nada en comparación a ninguna típica película romántica. Incluso nada en comparación a algo que conozcáis. Fue tan único, que sólo dos personas podían presumir de haberlo vivido: ellos.


Ni que decir tiene que siguieron viéndose, claro. Y cada vez se les quedaba más corto el tiempo para estar juntos. Nunca era suficiente.
A simple vista, tal y como habéis leído hasta ahora, todo parece que acabará bien, pero parece ser que las historias completamente felices escasean y no son dignas de ser escritas. Quizás porque se aprecian más los buenos momentos narrados si el final es amargo y aquí, no iba a ser menos.
No fue por nada en concreto y mucho menos porque no se quisieran lo suficiente; es más, llegaron a creer que sentir tanto acabaría con ellos y tanto amor mal dirigido a veces se tornaba en sollozos, gritos y reproches.
El caso es que decidieron alejarse por un tiempo, tentando un poco a la suerte, destino o vida, como queráis llamarlo.

A día de hoy, dos años después, cierra el cuaderno y cree que por esa noche es suficiente. Ya no queda prácticamente nadie escuchándole. La residencia a esas horas está en completo silencio, con algún que otro ronquido que hace que puedas llamarlo hogar.
Apenas rozando la treintena y se sentía como una de aquellas tantas ancianas de ese lugar, en el que ella se limitaba a trabajar, recurriendo a la escritura de su propia historia como única salida.
Decidió titularla ‘Alzheimer’. Al fin y al cabo, era la enfermedad del siglo por definición y a él le iba que ni pintado para definirle. 
‘Alzheimer’, no sabe a ciencia cierta si porque aunque padeciese la enfermedad le seguiría recordando o porque él fue un poco esa enfermedad y le hizo olvidar hasta de cómo se llamaba.





lunes, 29 de octubre de 2012

Sigue aquí.

Dejarse.





Una tenue luz iluminaba casi con temor las frías baldosas de aquel cuarto de baño.
Mientras tanto, ella apartaba su media melena hacia el hombro derecho y, con cierta desenvoltura, eliminó el agua que sobraba del mismo haciendo que varias gotas resbalasen irremediablemente hasta su cintura.

Rió, aunque sin ningún atisbo de alegría. Y, es que, hacía demasiado tiempo que alguna gota de agua no recorría más tiempo de la cuenta su cuerpo; no cuando aún estaba él.
Él. Y ahora era todo tan distinto que incluso dudaba de si realmente habían formado parte el uno del otro.

Miles de ‘¿pero qué os ha pasado?’ revoloteaban incesantes.
“Eso me gustaría saber”- pensó en voz alta, escuchándose extraña tras tantos días de silencio.
Nada. Ese era el problema, quizás, que no había ocurrido nada en absoluto.
Se dejaron marchar el uno al otro; sería demasiado sencillo culpar tan solo a una parte.

El final de aquella canción y la voz del locutor de radio le hicieron volver en sí, percatándose de que estaba aterida a causa del frío. Envolvió su cuerpo en la toalla hasta asegurarse de no tener erizado cada poro de piel.
Distraída, comenzó a desenredar cada mechón castaño, escuchándose pensar demasiado alto para su gusto.
Sabréis de la sensación que hablo si os describo su reacción al oír cómo alguien introducía la llave en la cerradura.
“Ha vuelto”-latió el corazón. Y, con el peine aún en la mano, corrió hasta la entrada para verse reflejada en aquel espejo de cuerpo entero, expectante, a medio peinar y descubriendo que no había nadie y que él no iba a regresar.