domingo, 9 de noviembre de 2014

Llegué, vi y venció.



Llegué a su vida con sigilo, como quien llega a casa tarde
y no quiere despertar a quien ya duerme.
Me descalcé y paseé entre sus dudas, vestigio de cristales rotos.

Mentiría si dijese que me desnudé,
pero bien es cierto que estuve a punto y,
que en más de una ocasión,
le dejé deshacerse de mi ropa.

Vi su miedo reflejado en todo lo que no decía,
pero que sí expresaba en cada comentario,
aparentemente indiferente.

Lo vi en sus ojos,

 azules de las lágrimas no derramadas a tiempo.

Me fui,
aún más silenciosamente de lo que había llegado,
semejante a esa calma que no sabes muy bien si
precede o es posterior a la tempestad.

Y en la guerra
donde se enfrentaban mis sentimientos y su vacío,
venció.


sábado, 18 de octubre de 2014

Paso o empujón.


Hijo de puta.
 
Detesto que me hable,
pero más detesto tener la necesidad de que rompa ese silencio.

Nos he imaginado de tantas formas, que ahora lo que me cuesta es no hacerlo.
Le he tenido en mi cama sin estar, pero siendo conmigo.
Y ahora, echo de menos todos los besos que no nos hemos dado,
todas esas conversaciones que tendrá con cualquiera que le sonría más y no le complique tanto como yo,
sus manos sujetando fuerte mi cintura,
su boca bajo mi ombligo…

Echo de menos todo lo que no he tenido
(y eso, le incluye).

Ya detesto hasta  su risa a carcajadas o la infinidad de sus pestañas.
Su insistencia en que me quedara,
la misma en que me fuera.

Y es que no creo que del amor al odio haya un paso, sino más bien, un empujón.

Tampoco es para tanto,
no es tan guapo,
no le queda bien la barba,
ni ese gesto que hace al sonreír.
Bah.

Le odio.

No sé,
ojalá estuviéramos follando ahora.

sábado, 11 de octubre de 2014

El día que llegué a tiempo.




Puto reloj,
Siempre me marca cuando llego a deshora, que no tarde.
Y en aquella ocasión, no iba a ser diferente.

Con el corazón medio amurallado y la aguja más grande marcando las diez en punto, apareciste.
Recuerdo la sensación.
Nunca nadie me había mirado de ese modo. Ni han vuelto a conseguirlo.

Supiste verme mejor de lo que yo lo había hecho nunca, haciendo de mí algo de lo que enamorarse: como el músico cuando toca su canción favorita o el artista que se embelesa contemplando su obra maestra.

Ya no existía ‘tic-tac’ incesante que me taladrase.

Eras mi nueva medida temporal y contigo todo era tan fugaz como delicadamente lento.

Sabía que eran las nueve porque hacías que oliese a café.
El medio día sabía a varios besos rápidos y a conversaciones en las que demostrabas con cada palabra que me conocías hasta la (im)perfección.
Las cuatro y media eran abrazos en el sofá.
Las nueve, los ‘te echo de menos’.
Con las duchas juntos y la ropa interior en el suelo, ya ni sabía qué hora era.

Pero ni por esas, fui puntual.
Las tres menos cuarto. A esa hora, te perdí.

Desde entonces, siempre pienso que el día que llegué a tiempo aún está por venir;
y yo, por irme.

miércoles, 1 de octubre de 2014

El tercer cajón de la cómoda.

Supo del final antes de que pudiese disfrutar del principio y

de acostumbrarse al precipicio que era su boca.

Se dijo frente al espejo que no dolía mientras se le corría el rímel y terminaba de recoger sus cosas entre sollozos.
Otra ciudad, otro tipo y la historia inconclusa de siempre.

Qué fácil decir que te vas cuando algo no funciona;
qué difícil hacerlo sin dejarte un pedacito de ti atrás.

Y es que ahora es mucho más sencillo huir que luchar. A pesar de haber conseguido derribar todos los  muros, de todo lo prometido, de lo dicho sin palabras, pero entre gemidos.

Ya no encuentra consuelo en los ‘habrá otro’, ni en los besos a cualquiera o en el polvo de las seis.
‘Más vale dormir sola que terminar enamorada’.

Cerró la puerta.

En la maleta, repleta de braguitas de encaje, medias tupidas y algún que otro recuerdo extra, ya no cabían más ojalás ni tanta desidia.

Por suerte, en uno de esos vaivenes, se dejó el corazón en el tercer cajón de una vieja cómoda de aquella habitación en la que ya no había nadie, escondido entre calcetines desparejados y cartas antiguas que ya no eran más que meras palabras sin sentido.

lunes, 25 de agosto de 2014

Basta.


Lo tengo todo,

no quiero nada.

(Aunque la mayoría de veces, suele ser al revés).

 
He perdido las ganas de encontrarme 

y de que alguien me busque.


Pienso de más, siento en exceso 

y, entre tanto, reconstruyo los pedazos 

de mí misma con historias suicidas 

sin punto y final.


Es como una misma historia que no para de repetirse: 

vienen, prometen, se van.


 Y termino por huir, desconfiando del que 

acompaña las palabras de hechos,

refugiándome en la nostalgia 


de todo aquello que no me deja avanzar.


“No quiero que haya nadie, quédate, no voy a implicarme…

Déjame en paz o bueno, mejor no me dejes.”


Las lágrimas ya no sirven 

y el optimismo resbala con ellas sobre mi cara.


Ya no sé cuántas han sido las veces 


que he vuelto a emprender el vuelo 

y me han cortado las alas en la insistencia 

de planear conmigo y luego alejarse en

otra dirección.


Basta.

Ya no hay hueco para nadie más que no sea yo.

viernes, 11 de julio de 2014

El astronauta.




Siempre quiso ir al espacio.

Recordaba las noches en la azotea, aún demasiado pequeño como 

para alcanzar a ver por el telescopio sin ayuda de aquel viejo taburete.

Y observaba curioso el cielo, cada noche más emocionado que la
 
anterior.



Creció y como todo aquel que se enamora por primera vez, 

creyó pisar la Luna.

Pero también descubrió, que hay estrellas que sólo brillan aparentemente 

y que es difícil encontrar una que destaque entre todas.


Vivió a la típica estrella fugaz: ese amor que parece idílico,

intenso como el que más a pesar de su corta duración, el que devuelve la

esperanza, cargado de posibles deseos por cumplir.


Con los años, decidió que las estrellas fugaces tampoco eran para él.

Planetas. Eso ya era otro nivel. Cada uno diferente.

Difíciles, hostiles y en demasiadas ocasiones, inalcanzables.


La conquista de su primer planeta duró dos años.

Alargados por él, ilusionado ante la idea de que por fin había conseguido 

lo que tanto anhelaba.

Y es que, cómo cuesta deshacerse de lo que hemos querido con

todas nuestras fuerzas.


Tras varias estrellas, el segundo planeta –de ojos claros y pelo rubio- 

tardó año y medio en llegar.

Pero su inconformismo y sus ganas de más, le impedían quedarse.


Pasados seis años y él camino de los veinticinco, había podido disfrutar de la

conquista de todos los planetas del Sistema Solar.
 

Y se dio cuenta de que algo estaba haciendo mal. 

Quizás era su difícil capacidad de satisfacción o su avidez por conocer más, 

por encontrar algo que ni siquiera tenía la certeza de que pudiese existir.


Deambuló perdido por ese Universo que eran las mujeres. 

Luego, le encontró a ella.

O más bien fue al revés.

Ella era estrella. Y fugaz. Era hostil a la par que habitable, 

fría si se lo proponía, cálida por naturaleza. 

Para él, era como volver a tener siete años, subirse a aquel taburete 

y tener todo el cielo ante sus ojos. 

A partir de ese momento, decidió que sus planetas serían nueve.

¿El noveno? Su ombligo.