sábado, 11 de octubre de 2014

El día que llegué a tiempo.




Puto reloj,
Siempre me marca cuando llego a deshora, que no tarde.
Y en aquella ocasión, no iba a ser diferente.

Con el corazón medio amurallado y la aguja más grande marcando las diez en punto, apareciste.
Recuerdo la sensación.
Nunca nadie me había mirado de ese modo. Ni han vuelto a conseguirlo.

Supiste verme mejor de lo que yo lo había hecho nunca, haciendo de mí algo de lo que enamorarse: como el músico cuando toca su canción favorita o el artista que se embelesa contemplando su obra maestra.

Ya no existía ‘tic-tac’ incesante que me taladrase.

Eras mi nueva medida temporal y contigo todo era tan fugaz como delicadamente lento.

Sabía que eran las nueve porque hacías que oliese a café.
El medio día sabía a varios besos rápidos y a conversaciones en las que demostrabas con cada palabra que me conocías hasta la (im)perfección.
Las cuatro y media eran abrazos en el sofá.
Las nueve, los ‘te echo de menos’.
Con las duchas juntos y la ropa interior en el suelo, ya ni sabía qué hora era.

Pero ni por esas, fui puntual.
Las tres menos cuarto. A esa hora, te perdí.

Desde entonces, siempre pienso que el día que llegué a tiempo aún está por venir;
y yo, por irme.

4 comentarios:

  1. Es precioso.
    Sigue escribiendo, me encantaría seguir leyéndote.

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    1. Gracias, jo.
      Espero seguir viéndote por aquí.

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  2. Te he descubierto, y no pienso parar de leerte, escribes muy bonito.

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