sábado, 7 de junio de 2014

Le vio dormir.



Un ‘quédate’ susurrado fue más que suficiente.

No solía hacerlo, siempre había tenido claro que cualquier chica no iba a 

ser más  que una distracción. Pero, a pesar de no querer reconocerlo, sabía

que ella no era cualquier chica.


Y allí estaba, tumbado en aquella cama, con los ojos de par en par,

observando esa habitación apenas conocida.


Las paredes, lisas salvo por alguna que otra foto y un cuadro, se teñían 

de un color anaranjado a causa del sol que se filtraba a través de la 

persiana, entreabierta.


Se detuvo en la estantería, repleta de libros, fijándose en uno más a la vista 

que el resto, como el gato que es llevado por la curiosidad.


Por fin, le observó. Dormía de lado, dejando entrever su definida cintura, 

sus pechos a medio cubrir por las sábanas, los cuales apenas horas antes

había tenido en sus manos, en su boca…

 
Siguió mirándole detenidamente. Era guapa. Quizás no con ese tipo de

belleza estándar, pero con facciones que podían provocar la atención en 

más de una persona. Era sensual hasta dormida: sus labios, aún enrojecidos 

por todos los besos, se podían apreciar entre un par de rizos que caían 

de forma casual sobre su rostro.


Preciosa, sin duda.

Se notó una media sonrisa en el rostro, gesto que interpretó como la 

perfecta excusa sentimental que le obligaba a marcharse. Pero, una vez de

pie y con la camisa a medio abrochar, se detuvo para fijarse en ella 

una vez más.


Le vio dormir.

Y quería quedarse para ver cómo despertaba.

miércoles, 16 de abril de 2014

Prometo que.

Camino sin rumbo fijo,

será que perdí mi Norte.


Prometo que no lo buscaré en ti,

ni esperaré a volver a encontrarlo en tus manos bajo mi falda.


(No sé si es que necesito amor o una brújula)


Que no te buscaré al volante de cualquier coche parecido al tuyo

o en más de un recuerdo desordenado entre mi mente y mi corazón.


(Creo que al encontrarme, hiciste que me perdiera)


Ya no me pondré ese vestido azul con la idea de que me lo desabroches,

ni pintaré mis labios de rojo para oírte decir que te encanta desgastármelos.

Prometo que al lado izquierdo del colchón le quitaré tu nombre

(como el de otros tantos)

 y que no te echaré de menos cuando me desvista.


Puedo prometer hasta hacerme a mí misma promesa y,

entonces…


romperme.

sábado, 8 de marzo de 2014

Sístole y desístele.



Ella latía a ciento ochenta ‘no me duelas’ por minuto;

en constante movimiento de sístole si él estaba cerca, 

besándole como si fuese a encontrar las ganas de sentir en su boca.

 
Lo notaba. 

Esa sensación en la parte superior del estómago al verle, al saber lo que

podía transmitirle, lo que haría con su corazón si le dejaba. Ilusión lo llaman. 

Y habrá  quien aún viva de ella, pero en este caso era lo que le mataba.


Y es que pecaba de intensa, de racional para todo menos para sentir, que

entonces perdía. No sabía si los papeles o a sí misma.


Veintitrés. Esos habían sido los días y ya se sabía su lengua de memoria. 

Y cómo le miraba. Observándole, lento, apreciando cada posible 

imperfección en su rostro,  aunque él no la viese.


Iba a quedarse. O al menos parecía dispuesto a ello.

Nadie pasa frío por nadie si no le importa lo más mínimo.
‘Me parece increíble estar besándote’.


Pasando un fin de semana y algún que otro sentimiento de más, 

había encontrado a la inspiración en sus bragas, justo dos palmos por

debajo de los dedos de él.


Cuánta felicidad y qué miedo daba.


Tres días después, ese miedo se hizo tangible y ella creyó romperse.

Había decidido por los dos, sin contar con lo que ella sintiese o dejase

de sentir.


Habló el orgullo y las palabras se abrían paso entre el carmín rojo 

de sus labios, dejándole pensar que a lo mejor él simplemente había sido un

capricho.


Los ojos de él se fijaron en ella y, despacio, como si estuviese dándole un

beso suave, habló: ‘Quizás tú no quieras nada serio, pero yo sí.’

 
Se iba. Había empezado a quererle sin querer y aun así (o por eso), 

se marchaba.

 
Todo por tener heridas aún sin cicatrizar y personas egoístas que tampoco le

permitían hacerlo.


Se despidieron, aunque ella cree que todavía sigue estando en 

aquel abrazo, preguntándose si volverá.

domingo, 26 de enero de 2014

Inevitable



Me refiero a lo que va más allá de toda voluntad.

A cerrar los ojos justo en el momento previo antes de un beso,

a darle la vuelta a la almohada para notarla fría en noches de verano,

al ‘cinco minutitos más’ cuando apagamos la alarma los días que hay que

madrugar,

también a lo innato de alzar la vista cuando se trata de pensar,

o a correr si vemos que el tren se nos escapa (como si fuese el único 

que va a pasar).

Hablo de la euforia al oír tu canción favorita,

o del gemido final de un orgasmo.

 
Pero también a morderme los labios si pienso en los tuyos,

mirar el teléfono de reojo, deseando y temiendo a partes iguales, 

que aparezca tu nombre, 

a pelearme con mi subconsciente cada vez que se antoja nostálgico

 y te cuela en mis sueños,

a imaginarte mirándome, pudiendo detenerme en tus ojos,

a pensar en ese abrazo nunca dado,

llevar de pijama tu camiseta favorita (tal y como prometiste),

dormir contigo en una cama en la que apenas cabe uno,

ducharme contigo o en ti,

a querer ser parte de cada milímetro de tu cuerpo.

Joder, yo lo llamo ‘inevitable’, otros dicen que se llama ‘amor’.

domingo, 19 de enero de 2014

Y en la estación


El gris del cielo hacía incluso más difícil aquel momento. ¡Qué tontería que un color nos afecte tanto!
Decídselo a ella, que aún creía que a veces se ahogaba en sus ojos.

Cabizbaja, caminaba absorta, colocándose de vez en cuando el gorro del abrigo, mejor protector de la lluvia que cualquier paraguas. Y es que, en contra de lo típico en ella, justo aquel día no le apetecía mojarse; no, sabiendo que lo haría sin él.


Durante todo el trayecto, ninguno medió palabra e incluso, 
de no ser por cómo se miraban, habrían podido pasar por un par de extraños.

La discusión de  la noche anterior aún resonaba en su cabeza; 
sus propios gemidos por el polvo de reconciliación de después, también.

Tragó saliva y humedeció sus labios levemente, secos debido al frío.

-¿No vas a darme un abrazo? –musitó él con la voz algo entrecortada

(quizás por todo el tiempo sin hablar, quizás por soportar la presión de un posible llanto en el pecho).

Le abrazó como respuesta. Daba igual qué pasara, él iba a irse de todos modos.

Salieron del metro subiendo el último tramo de escaleras, 

encontrándose con montones de personas que esperaban a alguien que de un momento a otro les provocaría una sonrisa con sólo bajar del tren.

Al otro lado del andén, despedidas.
Lágrimas de una madre besando con fuerza a su hijo, 

un niño pequeño que movía el brazo a modo de despedida sin querer soltar su peluche favorito y tirándole besos a quien parecía su hermana mayor y entre muchas personas más, ellos.

Y justo allí, en la estación, en ese mismo instante se dio cuenta: debía irse con él.


Sabría que no soportaría el café a solas, no tenerle para que le 

secara la espalda tras salir de la ducha o el lado izquierdo del colchón vacío.

Entonces pensó que el amor era eso: no querer abandonar a esa persona
aunque ello supusiera irse con lo puesto y sin maleta que luego tener que deshacer.

lunes, 6 de enero de 2014

Madrid



Oí hablar de ti más de mil veces, pero me vi en la obligación de comprobar 

con mis  propios ojos que cualquier palabra bonita que te dedicasen sería

insuficiente.
 

Tuve la oportunidad de recorrerte y darte algún que otro beso con sabor

a cerveza, pude ver cómo te desnudabas al anochecer desde aquel balcón

e incluso de compartir más de un secreto contigo.


Me lloviste, me empapaste, te echaste a llorar…y yo sin paraguas.

Y sin apenas conocerme, me acogiste,

dejando que llenase de pedacitos de ti mi  maleta.


Aun así, a pesar de todo lo que ya tengo tuyo, he de volver a verte.

A abrazarte y ojalá, a follarte algún día.


A mis ojos eres única.

No cambies nunca,
                                     Madrid.