sábado, 6 de junio de 2015

Como aquella vez.

No sé sentir sin que duela 
 
ni dejar de escribir triste.


Tampoco posponer la alarma o besar sin morder.

No puedo evitar seguir siendo impaciente,
 
imaginar lo que aún no he vivido,
 
ilusionarme y repetirme constantemente que no lo hago, 

que me encante volar


. . .

Pienso que te hablo de todo esto con tu cabeza apoyada en mi regazo,
 
pudiendo acercarme a tus labios cada vez que me apetezca,

 contando tus pestañas y riéndome sin que, en realidad, nada en particular
 
tenga gracia.

Tienes varios nombres y ninguno al mismo tiempo.
 
Te pienso a ti, le escribo a él, beso a otro
 
y me quedo sin nadie.

Puede que sea el miedo a que haya alguien al otro lado del colchón
 
que no vaya a irse a la mañana siguiente
 
o que mi inconformismo me pida siempre más,
 
a pesar de que, en más de una ocasión, hayan sido más que suficiente.


Como aquella vez, que tú.




jueves, 30 de abril de 2015

Batallas.



He sobrevivido a historias dignas del Holocausto,
a la quema de la pólvora entre las sábanas
y al café sobrante,
 resto de otra derrota en la que la herida era el eco de un portazo.

Luché, siendo cada pedazo de mí misma un arma de doble filo,
dejando que tú fueses tanto cañón como bala.

Y en cada beso confié,
alzando bandera blanca, ilusa.

Vivo a pecho descubierto,
a corazón en bandeja,
a medias entre el ‘te quiero, pero no puedo’ –o no puedo querer-.

Hice de mi cuerpo trinchera
 y del lado izquierdo, casa okupa –de la que te fuiste, como todos, como yo.

Y es que has traspasado tantas veces el muro que yo misma forjé,
que no me extraña rendirme cada vez que vuelves.

Me despido de ti,
sabiendo que no será la última cicatriz que me dejas,
pensando que gano la batalla cuando vienes,
pero que pierdo un poco de mí cuando te vas.