miércoles, 1 de octubre de 2014

El tercer cajón de la cómoda.

Supo del final antes de que pudiese disfrutar del principio y

de acostumbrarse al precipicio que era su boca.

Se dijo frente al espejo que no dolía mientras se le corría el rímel y terminaba de recoger sus cosas entre sollozos.
Otra ciudad, otro tipo y la historia inconclusa de siempre.

Qué fácil decir que te vas cuando algo no funciona;
qué difícil hacerlo sin dejarte un pedacito de ti atrás.

Y es que ahora es mucho más sencillo huir que luchar. A pesar de haber conseguido derribar todos los  muros, de todo lo prometido, de lo dicho sin palabras, pero entre gemidos.

Ya no encuentra consuelo en los ‘habrá otro’, ni en los besos a cualquiera o en el polvo de las seis.
‘Más vale dormir sola que terminar enamorada’.

Cerró la puerta.

En la maleta, repleta de braguitas de encaje, medias tupidas y algún que otro recuerdo extra, ya no cabían más ojalás ni tanta desidia.

Por suerte, en uno de esos vaivenes, se dejó el corazón en el tercer cajón de una vieja cómoda de aquella habitación en la que ya no había nadie, escondido entre calcetines desparejados y cartas antiguas que ya no eran más que meras palabras sin sentido.

lunes, 25 de agosto de 2014

Basta.


Lo tengo todo,

no quiero nada.

(Aunque la mayoría de veces, suele ser al revés).

 
He perdido las ganas de encontrarme 

y de que alguien me busque.


Pienso de más, siento en exceso 

y, entre tanto, reconstruyo los pedazos 

de mí misma con historias suicidas 

sin punto y final.


Es como una misma historia que no para de repetirse: 

vienen, prometen, se van.


 Y termino por huir, desconfiando del que 

acompaña las palabras de hechos,

refugiándome en la nostalgia 


de todo aquello que no me deja avanzar.


“No quiero que haya nadie, quédate, no voy a implicarme…

Déjame en paz o bueno, mejor no me dejes.”


Las lágrimas ya no sirven 

y el optimismo resbala con ellas sobre mi cara.


Ya no sé cuántas han sido las veces 


que he vuelto a emprender el vuelo 

y me han cortado las alas en la insistencia 

de planear conmigo y luego alejarse en

otra dirección.


Basta.

Ya no hay hueco para nadie más que no sea yo.

viernes, 11 de julio de 2014

El astronauta.




Siempre quiso ir al espacio.

Recordaba las noches en la azotea, aún demasiado pequeño como 

para alcanzar a ver por el telescopio sin ayuda de aquel viejo taburete.

Y observaba curioso el cielo, cada noche más emocionado que la
 
anterior.



Creció y como todo aquel que se enamora por primera vez, 

creyó pisar la Luna.

Pero también descubrió, que hay estrellas que sólo brillan aparentemente 

y que es difícil encontrar una que destaque entre todas.


Vivió a la típica estrella fugaz: ese amor que parece idílico,

intenso como el que más a pesar de su corta duración, el que devuelve la

esperanza, cargado de posibles deseos por cumplir.


Con los años, decidió que las estrellas fugaces tampoco eran para él.

Planetas. Eso ya era otro nivel. Cada uno diferente.

Difíciles, hostiles y en demasiadas ocasiones, inalcanzables.


La conquista de su primer planeta duró dos años.

Alargados por él, ilusionado ante la idea de que por fin había conseguido 

lo que tanto anhelaba.

Y es que, cómo cuesta deshacerse de lo que hemos querido con

todas nuestras fuerzas.


Tras varias estrellas, el segundo planeta –de ojos claros y pelo rubio- 

tardó año y medio en llegar.

Pero su inconformismo y sus ganas de más, le impedían quedarse.


Pasados seis años y él camino de los veinticinco, había podido disfrutar de la

conquista de todos los planetas del Sistema Solar.
 

Y se dio cuenta de que algo estaba haciendo mal. 

Quizás era su difícil capacidad de satisfacción o su avidez por conocer más, 

por encontrar algo que ni siquiera tenía la certeza de que pudiese existir.


Deambuló perdido por ese Universo que eran las mujeres. 

Luego, le encontró a ella.

O más bien fue al revés.

Ella era estrella. Y fugaz. Era hostil a la par que habitable, 

fría si se lo proponía, cálida por naturaleza. 

Para él, era como volver a tener siete años, subirse a aquel taburete 

y tener todo el cielo ante sus ojos. 

A partir de ese momento, decidió que sus planetas serían nueve.

¿El noveno? Su ombligo.

domingo, 15 de junio de 2014

Escríbeme.




La caligrafía se plasma sobre el folio como si el bolígrafo
y mi mano tuviesen
vida propia.
No sé qué hago aquí.
 
Cualquier autor de renombre te ha hecho protagonista de alguna obra.
Y yo te he escrito más veces de las que me gustaría
y menos de las que debería haberlo hecho.
Y tú, tan difícil,
has preferido no responder.
Quizás por no ser el momento adecuado
(eso dicen siempre y eso quiero pensar).
 
El ‘ya llegará el tuyo’ ya suena a chiste.
Chiste que me cuento a mí misma
con tantas ganas de que llegues
como de que ni aparezcas.
A veces creo que te quiero sólo para decirte que no lo hago.
Y terminas reduciéndote a un montón de expectativas que,
como todas,
terminan desilusionando.
 
Tengo un concepto de ti que no te mereces.
Te sobrevaloro, te busco sin
 (en muchas ocasiones)
tener claro si quiero encontrarte.
 
He besado a desconocidos intentando conocerte,
dejándome llevar por si
alguno de ellos lo hacía hasta ti
Todos te escriben.
Y por una vez, soy yo la que quiere que tú me escribas, Amor.

sábado, 7 de junio de 2014

Le vio dormir.



Un ‘quédate’ susurrado fue más que suficiente.

No solía hacerlo, siempre había tenido claro que cualquier chica no iba a 

ser más  que una distracción. Pero, a pesar de no querer reconocerlo, sabía

que ella no era cualquier chica.


Y allí estaba, tumbado en aquella cama, con los ojos de par en par,

observando esa habitación apenas conocida.


Las paredes, lisas salvo por alguna que otra foto y un cuadro, se teñían 

de un color anaranjado a causa del sol que se filtraba a través de la 

persiana, entreabierta.


Se detuvo en la estantería, repleta de libros, fijándose en uno más a la vista 

que el resto, como el gato que es llevado por la curiosidad.


Por fin, le observó. Dormía de lado, dejando entrever su definida cintura, 

sus pechos a medio cubrir por las sábanas, los cuales apenas horas antes

había tenido en sus manos, en su boca…

 
Siguió mirándole detenidamente. Era guapa. Quizás no con ese tipo de

belleza estándar, pero con facciones que podían provocar la atención en 

más de una persona. Era sensual hasta dormida: sus labios, aún enrojecidos 

por todos los besos, se podían apreciar entre un par de rizos que caían 

de forma casual sobre su rostro.


Preciosa, sin duda.

Se notó una media sonrisa en el rostro, gesto que interpretó como la 

perfecta excusa sentimental que le obligaba a marcharse. Pero, una vez de

pie y con la camisa a medio abrochar, se detuvo para fijarse en ella 

una vez más.


Le vio dormir.

Y quería quedarse para ver cómo despertaba.

miércoles, 16 de abril de 2014

Prometo que.

Camino sin rumbo fijo,

será que perdí mi Norte.


Prometo que no lo buscaré en ti,

ni esperaré a volver a encontrarlo en tus manos bajo mi falda.


(No sé si es que necesito amor o una brújula)


Que no te buscaré al volante de cualquier coche parecido al tuyo

o en más de un recuerdo desordenado entre mi mente y mi corazón.


(Creo que al encontrarme, hiciste que me perdiera)


Ya no me pondré ese vestido azul con la idea de que me lo desabroches,

ni pintaré mis labios de rojo para oírte decir que te encanta desgastármelos.

Prometo que al lado izquierdo del colchón le quitaré tu nombre

(como el de otros tantos)

 y que no te echaré de menos cuando me desvista.


Puedo prometer hasta hacerme a mí misma promesa y,

entonces…


romperme.

sábado, 8 de marzo de 2014

Sístole y desístele.



Ella latía a ciento ochenta ‘no me duelas’ por minuto;

en constante movimiento de sístole si él estaba cerca, 

besándole como si fuese a encontrar las ganas de sentir en su boca.

 
Lo notaba. 

Esa sensación en la parte superior del estómago al verle, al saber lo que

podía transmitirle, lo que haría con su corazón si le dejaba. Ilusión lo llaman. 

Y habrá  quien aún viva de ella, pero en este caso era lo que le mataba.


Y es que pecaba de intensa, de racional para todo menos para sentir, que

entonces perdía. No sabía si los papeles o a sí misma.


Veintitrés. Esos habían sido los días y ya se sabía su lengua de memoria. 

Y cómo le miraba. Observándole, lento, apreciando cada posible 

imperfección en su rostro,  aunque él no la viese.


Iba a quedarse. O al menos parecía dispuesto a ello.

Nadie pasa frío por nadie si no le importa lo más mínimo.
‘Me parece increíble estar besándote’.


Pasando un fin de semana y algún que otro sentimiento de más, 

había encontrado a la inspiración en sus bragas, justo dos palmos por

debajo de los dedos de él.


Cuánta felicidad y qué miedo daba.


Tres días después, ese miedo se hizo tangible y ella creyó romperse.

Había decidido por los dos, sin contar con lo que ella sintiese o dejase

de sentir.


Habló el orgullo y las palabras se abrían paso entre el carmín rojo 

de sus labios, dejándole pensar que a lo mejor él simplemente había sido un

capricho.


Los ojos de él se fijaron en ella y, despacio, como si estuviese dándole un

beso suave, habló: ‘Quizás tú no quieras nada serio, pero yo sí.’

 
Se iba. Había empezado a quererle sin querer y aun así (o por eso), 

se marchaba.

 
Todo por tener heridas aún sin cicatrizar y personas egoístas que tampoco le

permitían hacerlo.


Se despidieron, aunque ella cree que todavía sigue estando en 

aquel abrazo, preguntándose si volverá.