de acostumbrarse al precipicio que era su boca.
Se dijo frente al espejo que no dolía mientras se le corría el rímel y terminaba de recoger sus cosas entre sollozos.
Otra ciudad, otro tipo y la
historia inconclusa de siempre.
Qué fácil decir que te vas cuando algo no funciona;
qué difícil hacerlo sin
dejarte un pedacito de ti atrás.
Y es que ahora es mucho más
sencillo huir que luchar. A pesar de haber conseguido derribar todos los muros, de todo lo prometido, de lo dicho sin
palabras, pero entre gemidos.
Ya no encuentra consuelo en
los ‘habrá otro’, ni en los besos a cualquiera o en el polvo de las seis.
‘Más vale dormir sola que
terminar enamorada’.
Cerró la puerta.
En la maleta, repleta de braguitas de encaje, medias tupidas y algún que otro recuerdo extra, ya no cabían más ojalás ni tanta desidia.
Por suerte, en uno de esos vaivenes, se dejó el corazón en el tercer cajón de una vieja cómoda de aquella habitación en la que ya no había nadie, escondido entre calcetines desparejados y cartas antiguas que ya no eran más que meras palabras sin sentido.